Raíces y ritmos en las venas. Desde las guitarras de la mesopotamia hasta los acordeones que respiran en cada rincón del norte, llevo conmigo las historias de Mercedes, Raly y todos los que cantaron verdades incómodas. La música folclórica no es nostalgia para mí—es resistencia, es identidad, es el pulso de quiénes somos cuando todo lo demás intenta borrarnos. Entre el chamame que te hipnotiza y el folklore santiagueño que duele en el pecho, encuentro la brújula que me sostiene.